Reconocimiento y emancipación. Fausto en el espejo.

Cuando Fausto manifiesta, en la magna obra de Goethe, su deseo de ‘poner límites a la vasta humedad, hacer retroceder los límites del océano’, en suma, aspirar al dominio absoluto de la naturaleza y controlar sus poderes, hay quizá un matiz de creación ex nihilo que lo distingue de la epopeya del espíritu hegeliana, en cuanto en esta el desarrollo del espíritu consiste tan solo en el reconocimiento de su propia obra; es así como para salvar el estatismo parmenídeo que aborta la posibilidad de la historia, Hegel tiene que colocar el momento de la identidad realizada al final del desarrollo de la esencia: lo que ocurre entre el principio y el final es justamente la obra y a la vez el proceso a través del cual el espíritu se reconoce a sí mismo en cuanto reconoce su propia obra: es decir la historia.

Sin embargo, aunque en Goethe este reconocimiento se traduce de una forma muy distinta, pues surge como una inquietud metafísica y como la búsqueda del bálsamo que tranquilice el impulso infinito del espíritu, Fausto comparte con Hegel esta incorporación del cuerpo inorgánico del hombre, por hablar de la naturaleza en términos marxianos, en la actividad del espíritu. Goethe, como bien ha demostrado Marshall Berman en su famosa obra Todo lo sólido se desvanece en el aire , ha visto el inicio de la revolución industrial como una revolución de los poderes humanos frente a la naturaleza, que trastorna absolutamente todos los valores y formas de vida humanas consideradas como eternas y que inaugura la aurora de la modernidad. La destrucción de lo existente, el ‘peligro’ del que habla Fausto, la transformación brutal de la naturaleza, que obliga a Fausto a eliminar físicamente a los campesinos para poder construir su deseado puente, emparienta a éste con la magna descripción que de la revolución burguesa realiza Marx en el Manifiesto, ese completo apocalipsis material que ha desvelado ‘fuerzas productivas asombrosas que dormitaban en el seno del trabajo social’; lo común en Hegel, Marx y Goethe es este reconocimiento, inaudito en el pensamiento filosófico hasta entonces, que hace de la naturaleza el cuerpo inorgánico del propio hombre, y lo que ello implica frente a la filosofía tradicional: el cuerpo social como producto de la labor humana, la realidad como obra de los hombres.

La realidad como obra de los hombres: he aquí, quizá, el núcleo inextirpable de toda doctrina emancipatoria, acaso la verdad más fundamental del pensamiento de Marx. Por su negación surge la enajenación y la dependencia religiosa, al mismo tiempo que la aceptación del dominio de clase como una verdad de la ciencia natural. Que el mundo que nos rodea- con sus instituciones, sus poderes, sus inmensas producciones estéticas, morales, culturales- sea en última instancia producto del trabajo humano es la base filosófica que legitima y permite la idea de la transformación de ese mundo y de su apropiación por el sujeto. Sin esa idea – y que implica en último término la destrucción de la teoría del conocimiento y la disolución en la praxis de la oposición entre sujeto y objeto- no hay base teórica para un pensamiento emancipatorio. En efecto, y según explica correctamente Kolakowski, la liberación del hombre reside para Marx en la reapropiación de los productos de su trabajo, liberación que implica la superación del sujeto y el objeto y la alienación como tal. Esto mismo permite comprender la concepción de la cultura en Iliénkov como la ‘herencia de la humanidad’, esto es, todo el trabajo objetivado de la humanidad -el lenguaje, las creaciones de la cultura, las leyes, el arte, las herramientas del trabajo- como un inmenso edificio al que penetra el sujeto en su nacimiento, y que él percibe como una fuerza ajena y opuesta a él; lo que se opone sin embargo a este sujeto no es un ente metafísico indestructible, pues la última tarea del hombre es, según Iliénkov, la reapropiación y el reconocimiento de que el mundo es obra de los propios sujetos que lo producen.

No hay posibilidad de reapropiación del mundo de los objetos exteriores ni por tanto posibilidad de emancipación sin la comprensión de este hecho fundamental; que el mundo es producto del trabajo humano y que, por tanto, ninguna fuerza metafísica o divina nos aplasta como una bota sometiéndonos indefinidamente a su poder inconcebible. En un momento histórico en el que las fuerzas del mercado internacionales parecen ser el único sujeto de producción de sentido en el mundo, es importante no olvidar este hecho en cuanto es el hecho fundamental que legitima toda praxis revolucionaria que no se limite a cantos de esperanza utópica o a rebeldía impotente. Aunque Fausto esté rodeado por la Inquietud, asombrado a veces de sus propios poderes y fuerzas mágicas, no deja de ser el capataz del mundo que produce. Llegar a esta conciencia es también el fundamento de la conciencia de clase; pero eso es otra historia.